(I) ESCRITURA CREATIVA: CUENTO DE OTOÑO

(I) ESCRITURA CREATIVA: CUENTO DE OTOÑO

El almendro junto al que se encontraban había sido tragado por la hiedra. Habían hecho falta muchos años para que la mera coexistencia diera paso al vil parasitismo. Sin embargo, era un espectáculo lleno de belleza y de vida. Entre la masa verde de hojas, si uno se fijaba bien, había una infinidad de pequeñas flores, aún refugiadas en las entrañas de los pequeños capullos en forma de lágrimas de clorofila. Éstas respiraban, al igual que respiraba todo el árbol, el césped, la tierra, las piedras, el mundo. La realidad transpiraba existencia dejando un rastro de luminosa vida. No hacía falta hablar. Pensar y hablar eran una y la misma cosa. Conjuntamente trataron de comprender el fantástico espectáculo. Estalagmitas que trataban alcanzar el cielo, árboles que las imitaban. ¿O era al revés?

Los conceptos, tan profundamente arraigados en el pensamiento, aquellos que hacían de mapamundi para la mente, comenzaron a disolverse. El mundo que conocían, que habitaban, se alejó en un vasto mar de incertidumbre, para acabar desintegrándose en la Totalidad. Las nubes, bellas aliadas para el goce contemplativo, les traicionaron. El cielo se oscureció, el viento sopló y aquel Edén maravillosamente armónico se convirtió en un mundo helado, ajeno y violento.

En un último atisbo de identidad, alguien trató de determinar la hora. ¿Qué es la hora? Los números ya no existían, sólo había líneas y símbolos vacíos. Aquello que una vez había significado, ahora había dejado de hacerlo. Aquella sensación fue terrible. La desnudez del Vacío, que era en lo que se habían convertido, les mostró la crudeza del mundo.

Pero como una chispa en la absoluta oscuridad, como una luz al final de un casi infinito pasillo tenebroso, surgió una mano a la que agarrarse. A la helada estancia en este infierno gélido, llego un atisbo de calor en forma de afecto, de comprensión. Aquella acción aleatoria, gratuita de altruismo y amor, surgió espontáneamente, como un instinto. Instinto de supervivencia y conservación. Allí estaba lo básico, lo primero que rige el comportamiento animal. “En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible”. Albert Camus ya lo había intuido en «El verano». La edificación conjunta del mundo, la empatía y el amor altruista tienen un valor inigualable y dan buenas razones por las que vivir en un universo, que objetivamente nos es ajeno e impredecible.

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