REFLEXIÓN MEDITERRÁNEA

REFLEXIÓN MEDITERRÁNEA

Una pequeña embarcación se deja llevar por las cálidas aguas de una bahía mediterránea. De vez en cuando corrige su rumbo natural, pero la voluntad de su capitán no tiene objeto más allá de estar en comunión con el mar, bajo el sol y suspendido sobre un frondoso jardín de posidonia. Le sigue un cayuco igual, juntos sienten el aire húmedo que les hace esbozar una ligera sonrisa, que les devuelve a una infancia feliz, empapada de salitre y recubierta de diminutas perlitas de agua. Están flotando en un presente ondulante, eléctrico y turquesa. Los blancos cascos de los llauts[1] agitan las aguas pero su humilde pequeñez y sus buenas intenciones provocan un oleaje apenas perceptible e irrisorio en comparación con la inmensidad de la masa de agua que yace plásticamente y que sirve de sustento para la vida.

Ésta es la sensación que debería imperar en el día a día. Una calma mediterránea, un vacío de todo pensamiento y un estado de serenidad marina. Es un estado suave, luminoso y atemporal. La ansiedad e inquietud que nos provocan nuestras intenciones se disipan de inmediato y dan paso a un gran lago en calma, a un mar sin oleaje ni corrientes, pero lleno de vida y de colores. Las espumas que fugazmente aparecen cuando las aguas entran en contacto con la orilla solo son pequeños atisbos del ruido que inunda nuestra mente. Pero mientras se mantenga como chispeantes recordatorios de que debemos seguir atentos y viviendo de forma activa, no nos tiene por qué incitar a tomar un rumbo inquieto. Este es el perfecto equilibrio entre el vacío y la vida, entre el orden y la entropía. Entre la neutra felicidad y el eufórico sufrimiento.

Para poder cultivar una mente serena siempre podemos retirarnos a lugares (geográficos) así. Podemos momentáneamente convertirnos en contemplativos y gozar de la intensa dicha del ermitaño. Pero ésta será pasajera. No debemos caer en la trampa moderna del “quemado”, que alivia su dolor con unas vacaciones esporádicas, que coge aire de vez en cuando para vivir sumergido en la desdicha y la ficción consumista. ¿Por qué no vivir siempre con nuestra mente en este estado? ¿Por qué volvemos siempre a nuestra enfermiza rutina de anhelos y dolores crónicos, de exigencias y avaricia egocéntrica? Reemplazar nuestras atestadas autopistas mentales, abandonar la urbe metropolitana en la que se pierde la mente de la “persona de provecho” y vivir como hedónicos navegantes sin más rumbo que aquel de la intuición natural, flotando en calas de cristalinas aguas, es perfectamente razonable. Este estado de serenidad del experimentado navegante, que le permite discernir intuitivamente el orden de sus prioridades, nos hace realmente eficientes para la vida. ¿Por qué no centrarnos únicamente en nuestra acción en vez de en nuestras intenciones y expectativas? 

Cuando tomamos la iniciativa y nos sumergimos en las aguas de este mar en calma descubrimos un sinfín de seres y criaturas. La aparentemente uniforme masa de agua plateada esconde un mundo extremadamente rico y solamente accesible para aquellos que no sucumben a la inacción. En armonía con la calma se extiende una actividad continua y vibrante desatada por la frondosa flora e infinita fauna. Podemos clasificar a los habitantes de este líquido mundo en varias categorías. Por un lado tenemos a los “estáticos”. Son aquellos que se anclan en una idea que les protege, que son inflexibles y reacios al cambio. Suelen estar provistos de las más sofisticadas herramientas y mecanismos de defensa que, al mínimo contacto, pinchan al curioso, hieren al depredador o incluso dañan al que simplemente pasaba por allí. Algunas de estas criaturas se aferran tozudamente a sus queridas guaridas y están a medio camino entre el mundo animado e inanimado. Son seres toscos que al cabo de un rato suelen aburrir y generar indiferencia o incluso sorna. Luego tenemos a los llamados “temerosos”. Son aquellos que huyen nada más vernos desde lejos. Ellos suelen habitar los oscuros rincones pero una vez expuestos a la luz pueden llegar a ser fascinantes y complicados. La interacción con éstos es rara y suele terminar fatal para ellos. Se recomienda no tocarlos demasiado y dejarlos que sigan habitando plácidamente su propio ecosistema.  También tenemos a los que llamaremos “transeúntes”, aquellos que se mueven de un lado a otro (solos o acompañados) y cuyas intenciones generalmente no comprendemos. Su vida se reduce a vagar a la vista de todos mostrando una aparente indiferencia hacia los demás. Nadan en todas direcciones haciendo uso de las tres dimensiones. Acaban formando parte de los diferentes escenarios submarinos, dando movimiento y profundidad al plano general. Los hay grises y coloridos, bellos y mediocres. Alguna vez aparece algún individuo que capta nuestra atención si bien no llega a pararse a saludar prácticamente nunca. En la última categoría tenemos a los “extravagantes”, a los que marcan la diferencia. Son los que convierten el paisaje en una acción dramática. No dudaremos en otorgarles una cierta subjetividad, una existencia más rica, considerando su curso de acción digno de ser observado e incluso envidiado. Destacan tanto por sus acciones como por su aspecto. Son más profundos que los demás, aunque no necesariamente más bellos. Sus cuerpos destacan por estar en cierta disonancia con el entorno y su actividad se sale de la pura rutina. Suelen ser tímidos pero muestran una actitud excéntrica, curiosa e interactiva. Lo que les diferencia de los demás es que una vez que han interactuado con nosotros, se crea un vínculo único, ya sea de repulsión o de atracción.

Debemos convivir con todas las criaturas, con los “estáticos”, con los “temerosos”, con los “transeúntes” y también con los “extravagantes”. Todos nos muestran una forma de ser en el mundo y todos habitan dentro de nosotros, si bien los últimos son los que nos hacen valiosos para los demás, los que nos hacen ser dignos de ser conocidos, amados o despreciados. Podemos adoptar voluntaria o involuntariamente cualquiera de estos roles marinos, aunque es el asumirlos a todos como un ecosistema en conjunto lo que nos otorga una satisfacción plena.  A ninguna de estas criaturas que nos habita la podemos llegar a conocer totalmente. No son domesticables y solo pueden ser observadas desde la superficie o durante una breve inmersión. Si las capturamos perderán su brillo y morirán en poco tiempo. Si las perseguimos absortos e incansablemente nos ahogaremos irremediablemente. Pero observando con curiosidad y neutralidad disfrutaremos de la riqueza que nos brinda este maravilloso océano. Veremos más y mejor. Ganaremos la confianza de las criaturas que nos habitan, aprendiendo a convivir con ellas desde la tolerancia y el respeto hacia sus respectivo roles, sacando lo mejor de cada uno, sin anhelos de control o posesión.


[1] El llaut menorquín es una pequeña embarcación típica de las islas baleares cuya característica principal es que su palo va muy inclinado hacia proa y que la vela que iza es latina de gran superficie.

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